LOMO 38 · EN EL MAR…

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‘Por menso’ podría ser una respuesta rápida la pregunta de ¿por qué no había regresado a la costa de Oaxaca después de muchos años?. Pienso un poco más, y quizás el verdadero motivo, habría sido la falta de tiempo o la pereza de recorrer la sinuosa carretera. Otra excusa respuesta es que las ganas existían, pero nunca había concretado ir con alguien y siempre se quedaba en planes sin concretar.


Tras una casual invitación de mi amigo Omar para ir a ‘alguna playa’, apareció el motivo que dio pie a una divertida aventura. Había llegado el momento preciso: así se armó la vacación de 5 días.  Tiramos camino rumbo a San Agustinillo y Zipolite. Aunque sucedió lo que temía, que era la carretera que me puso un poco mal y ya quería devolver el  estómago, bastó una breve parada en el camino ya faltando poco para que la emoción se encargara de quitarme lo asqueado que me produjo tanta curva. Las palmeras y el clima humedo anunciaba que estábamos cerca.

Al llegar buscamos el hotel donde nos hospedaríamos: Un Sueño, conformado por un pequeño conjunto de cabañas muy cómodas, limpias, con baño propio y hamaca entre palmeras. Lo primero que hicimos fue caminar, recorrer la playa y buscar  México Lindo y que Rico, un lugar para comer que nos habían recomendado, el que resultó muy cómodo con comida muy fresca en una área de mesas sobre arena. Más tarde seguimos la recomendación de varios amigos de cruzar la playa de Mazunte para poder subir a Punta Cometa (también conocida como ‘Cerro Sagrado’) y disfrutar de la puesta del sol. Ahí coincidimos con muchas personas que llegaron  para hacer fotos, meditar, practicar yoga o simplemente disfrutar el paisaje que el atardecer regala.

Los demás días fueron para cumplir el cometido: descansar, comer y nadar. Unos días comimos en La Ola y otros en La Termita, de éste último recomiendo  la pizza de palmitos con salsa golf.
Días después cambiamos de playa y fuimos a Zipolite, famosa playa nudista a tan sólo 5 kilómetros de Mazunte y San Agustinillo. Nos hospedamos en El Alquimista, un excelente sitio con estilo rústico y acogedor ubicado a un extremo de la playa entre grandes rocas que dan un ambiente de exclusividad y privacidad. La cabaña en la que nos quedamos, estaba frente al mar, ya se imaginarán la vista.

Llegó el momento de resolver el dilema: ¿encuerarse o no encuerarse?, confieso que el pudor me ganó ese día y nadé con traje de baño cuando en realidad eran los menos los que así lo hacían. Ah! Pero no dejé pasar otro día para quitarme la pena y con ello toda la ropa. El método fue simple y tonto: dejé los lentes en la habitación, así no veía a la gente ni sentía las miradas (que en realidad a nadie le impota, cada quien está en sus asuntos). Después de un rato me relajé y comencé a disfrutar. La sensación era grata y ya los demás días no había poder sobre natural que me hiciera ponerme el traje de baño pues resulta cómoda y gustosa la experiencia de denudarse al mar, como una especie de libertad y fusión con la misma naturaleza.

Por las tardes resultó placentero caminar por la playa hasta el atardecer. Y es que al igual que muchos es inevitable detenerse para atender al sol pintando el cielo, reservando para las nubes tonos naranjas y otros más rojizos. El espectáculo culminaba cuando el sol se perdía en el horizonte y entre las rocas. Las tardes y noches se disfrutan mucho cenando, o simplemente tomando algo frente al mar. Para eso encontramos que Posada México es el sitio ideal además de ofrecer bebidas al dos por uno.

Los días pasaron muy rápido y a la vez lento. Paradójicamente el tiempo no pasaba pero el plazo vacacional llegaba a su fin. Era momento de regresar pero para agregarle más a nuestra experiencia cuando pasamos por Puerto Ángel, fuimos en busca de Estacahuite, una pequeña playa escondida con aguas cristalinas dividida en tres mini bahías ideal para nadar.

Ahora sí, era momento de volver, la satisfacción y la alegría de esos días vividos se hizo presente durante todo el trayecto al recordar lo mucho que disfrutamos esos días, ese repaso me ayudó a no pensar en mi martirio que eran las curvas del camino. Eso sí, no hay viaje que no termine con planes del que podría ser el siguiente viaje.


Así es como volví a comprobar que en el mar la vida es más tranquila, alegre, relajante, sabrosa. Así, simplemente sabrosa.

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