Danza de los Voladores

Hombres y mujeres que abrazan el cielo.

Caxaltepec, tierra de emociones y conmociones de la Sierra Norte de Puebla, es morada de jóvenes con osadía, porque hay que ser demasiado valientes para pedirle permiso a los dioses y, después de ello, surcar el cielo en un místico odisea llamada “Danza de los Voladores”.

Llegar a aquel territorio, no sólo es posible con las indicaciones del Google Maps, sino por el animado deseo de dos amigos por vivir y documentar una experiencia que difícilmente habrán de olvidar.

Arrojarse a la aventura y conocer este lugar desconocido y no imaginado, los llevó a compartir la bitácora del viaje en el que, mientras uno escribiría imágenes con su cámara, el otro, intentaría fotografiar con palabras la historia que nos contarían un grupo de danzantes voladores, dignos mensajeros del sol.

La Danza de los Voladores es un ritual prehispánico asociado a la fertilidad que llevan a cabo diversos grupos étnicos de nahuas y totonacos de las zonas colindantes de la Sierra Norte poblana y del Totonacapan veracruzano. En 2009, dicha ceremonia, fue inscrita en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad de la UNESCO. En el periplo, fotógrafo y acompañante, conoceríamos las verdaderas dimensiones de este ritual que nos conecta con nuestras raíces.

El sitio de reunión para atestiguar el ritual íntegro de la Danza de los Voladores, fue un campo frente a la capilla del pueblo dedicada a San Juan Diego. Fue fácil identificarlo no sólo por el santuario, sino por su principal elemento materializado en un palo sembrado que el grupo de voladores “Tierra Nueva” o Yancuictlalpan (del náhuatl yacuictl = nuevo, tlapan = tierra) se disponía a preparar. Así se observaron las proezas de Sergio, David, Ramón y Luis Alberto para alistar el palo con 15 metros de altura visible, más 2 metros cimentado bajo la tierra y ritos previos.

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Cuando los danzantes y la comunidad se adentran en la montaña en búsqueda de un palo, llevan a cabo una ceremonia con música y rezos para solicitar anuencia a la Madre Tierra para cortar el árbol. Se trata de una solemnidad que se convierte en un acto colectivo, pues se requiere del apoyo del pueblo para trasladarlo al sitio en el que va a ser “devuelto” a la tierra, acompañado de otro culto de música de tamborcillo, flauta de carrizo y plegarias a las que se suma una ofrenda que los danzantes arrojan al agujero en el que será plantado el tronco: chiles, manteca, jitomates, aguardiente, cigarros, cruces en palma, flores, agua bendita y, como sacrificio, un guajolote en vida, para librar a los voladores de algún infortunio.

Una vez alzado el palo en su nuevo sitio, le colocan travesaños fijos como estribos que escalan al cielo. Previo a cada ceremonia, éste es “vestido” en lo alto con un cuadro o “manzana” que gira de manera mecánica a su alrededor y sobre el que se sujetan las cuerdas con las que habrán de descender.  Presenciar esto, es confirmar que se tratará de una hazaña que requiere fuerza, energía, cautela y respeto, como quien habla mirando a los ojos a las deidades

Mientras unos concluían el “vestido” del palo, otros preparaban a nivel de piso sus vestuarios compuestos por una calzonera roja decorada con bordados y flecos; camisa blanca sobre la que descansa un cruzado o media luna también roja, ataviada con elementos simbólicos o imágenes religiosas; una corona con doce listones de colores que representan los meses de año; un penacho -en el caso de los hombres- o un abanico -en el caso de Alma, la joven mujer que forma parte del grupo-; y botines con los que conectan la fuerza de sus pasos danzantes con la tierra.

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Vestido el “árbol”, los danzantes ya ataviados, se dispusieron a salir de la casa del mayordomo o caporal en la que, frente a un altar, ofrecieron un repertorio de música y danza que dio inicio a una procesión hacia la capilla de San Juan Diego y posteriormente al palo. La flauta y tamborcillo fueron cartógrafos en sonido. Las danzas en círculo y reverencias a los santos y deidades eran constantes como anuncio de una espiral que veríamos emerger frente al cielo más tarde.

A pie del palo, el grupo conformado por seis danzantes – un caporal, cuatro voladores y un joven aprendiz de volador- ofrecieron, en otra órbita, el son del perdón para ascender, convencidos de inmortalizarse por un fugaz momento, dirigidos por las manos de los dioses, vigilados por los cuatro rumbos y encomendados a los santos de su devoción. “Al danzar un son tienes que saber el ritmo” nos dijo Sergio. También como si se tratara de un secreto y con cierto sentimiento, nos reveló que cuando se danza, se tiene que ir agachado y con las manos en la cintura o en el pecho y cada quien se encomienda al santo. “Por ejemplo, yo en mi pecho, llevo a Santiaguito Apóstol”- agregó.

Presenciar esto, es confirmar que se tratará de una hazaña que requiere fuerza, energía, cautela y respeto, como quien habla mirando a los ojos a las deidades.

Una vez arriba, el caporal al centro representando al sol, se dirigía a los puntos cardinales simbolizados por los cuatro de los danzantes que lo rodeaban en lo alto y se aseguraban con las cuerdas.

Adán, el menor de todos y principiante, observaba desde tierra con solemnidad y atención, como esperar el mañana en el que surcará también el cielo. Seguramente los latidos de su corazón se armonizaron con los de sus compañeros. De ese brío, nos contagiaron.

Abajo, en las faldas del palo, el suelo cimbró con los pasos que el caporal danzó en las alturas durante cada unos de los momentos en que se dirigió a los cuatro vientos, entonando el son de la lluvia, dedicada a los dioses para una buena travesía del cielo al suelo. Cumplida esta parte del ritual, fuimos testigos del momento cúspide y a la vez paradójico: el descenso de los voladores que también fue elevación para las promesas y devociones de los propios danzantes, así como para nuestras emociones.

El vuelo comenzó. Sus cuerpos se irguieron hacia atrás y sus miradas apuntaron a la inmensidad del universo. La música no cesó y se convirtió en viento. Los jóvenes se precedieron, sucedieron y procedieron durante las trece vueltas que por cuatro danzantes son la ecuación para el resultado de cincuenta y dos, número que representa los años del calendario del Dios Sol.

Por un instante los danzantes y caporal se suspendieron en una espiral, esa que con valentía ofrendaron a los dioses y nos la compartieron. La puesta en escena entre un cielo nublado y cercano al fin del día culminó con nuestro reconocimiento y aplauso. Las luciérnagas anunciaron la noche.

“Cuando te haces volador, lo prometes por ocho años y ya es voluntad de cada quién seguir después con la Danza de los Voladores” nos dijo Luis Alberto de treinta y dos años, el mayor de la cuadrilla. Los demás cuentan su edad entre los trece y veintitrés.

Al término de la ceremonia fuimos invitados a cenar a casa de la madre de David, doña Adiodata de la Luz, quien nos convidó un pipián con pollo, frijoles, tortillas hechas a mano y agua de naranja. Un alimento para nuestros estómagos, pero también para nuestras almas.

Nos despedimos. Había cansancio en todos. Más en ellos que en nosotros, pero nada ni nadie removerá la vivencia de nuestra memoria. Tomamos carretera de vuelta a nuestro hotel cuetzalteco para descansar y soñar a ojo cerrado después del sueño materializado en imágenes y palabras.

El siguiente amanecer sería en domingo, y nos volveríamos a encontrar en el atrio de San Francisco de Asís, en la plazuela central de Cuetzalan para volver a observar a la luz de un nuevo día, ese acto de mensajeros del sol. Ahí diferentes cuadrillas de voladores de las distintas comunidades aledañas al pueblo mágico, se unen o se turnan para danzar y volar ante la mirada de locales y visitantes cada ocho días.

Después del primer vuelo, es costumbre de los danzantes ingresar con baile y música a la misa del medio día, oficiada en español y náhuatl. Más allá de la vocación religiosa, experimentamos un misticismo que se acentúa con el ritual que hacen los voladores en el altar en el momento de la ofrenda previo a la comunión.

Al término de la celebración litúrgica, la cuadrilla de danzantes se vuelve a concentrar en el atrio para continuar con más vuelos que dejan grabados en los cinco sentidos un sinúmero de impresiones.

Al final de cada descenso, recaban en sus coloridas coronas algunos billetes o monedas del público. No hay aportación que retribuya el sentimiento que causa el arrojo de estos danzantes al abrazar el cielo.

En cada atrio y campo de Cuetzalan y sus comunidades, habrá la señal de un palo, conexión de cielo de los dioses con el suelo nuestro.

Hasta aquí mi relato. Mi sugerencia es no quitar ojo a las fotografías que hizo su autor. Cualquier narración, por precisa y descriptiva del más atinado narrador, resulta superflua ante la mirada que él nos comparte.

Con los danzantes también nos ocurrimos nosotros y dimos gracias por la oportunidad de la experiencia y el viaje;  la amistad y complicidad de casi 20 años; por, los momentos compartidos; y por la vibración que nos hizo sentirnos vivos.

Que vengan más crónicas de viaje compartidas.

A: Moy Hecheverría, Sergio Leal, Ramón Sánchez, David Mariano, Alma Delia Jerónimo, Adán Aparicio, y Damián Salazar, muchas gracias

A: Adiodata de la Luz por su exquisito pipián,y a los Cuetzaltecos por su calidez, nuestra gratitud

A todos los que realizan la Danza de los Voladores en Cuetzalan y México, nuestra admiración.

Omar y Frank

Descubre cómo se ve la Danza de los Voladores grabada por uno de ellos.